La chica Du morado impuso las reglas del baile urbano.
Apretó lentamente la pantorrilla gorda del ego-saxofonista,
mientras agachaba su cuerpo al ritmo del impostor Miles.
Este al sentirla sacó la lengua rosada como un animal pre orgásmico,
agradecido por su progresión.
Agradecido y congelado por aquella caricia,
divina manos suaves pardas,
mientras se ofrecía a los colores auténticos de su frase de verano.
Ahora ella se percató y lo dejó para seguir su camino nínfulo,
bautizado así por Bladimir Nabokov.
Caminando y vigilando,
escapando del infierno que la concibió.
Como un arma letal ante el débil artista tercermundista.
Ella vestida enteramente de morado.
Levaba una flor colgada de su oreja derecha
que cayó inmediatamente tras un movimiento poco ortodoxo,
multicolor,
delgado.
Y prolongado de caderas.
Solo sus caderas!
Ambos respectivamente siguieron su camino.
Yo los observé partir desde mi butaca callejera,
copado de minuciosos artilugios para mi deleite faunesco.
Al baile un corazón.
Al artista una moneda con aplausos.
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