La gente perdió la dicha del tiempo.
Una flor es mi sonrisa virgen,
al rugir un trueno ,
de mi mano al tambor.
El cielo se escapa.
Como un día en ayuno,
como el juego sin ley.
Recuerdo ayer,
un futuro desilusionado.
Y los cuentos se esconden,
en páginas amarillentas
de las viejas generaciones.
Como el señor que dejaba
cartas a su amor,
al ritmo de un vals sin taberna.
Ella creció y dejó a la virgen.
Ella suspiró.
Atrayendo a la bestia,
dominada por las hormigas
de su entrepierna.
Hoy seguro de mi pausa,
sin pretender conquistarte.
Un ojo cálido corroe el cine de las 6,
limitando la función de un pasajero.
Disfrazando a la niña de artista,
discutiendo a la neblina
que determinó la desilusión.
El viento genera y atropella,
un tránsito perverso
de aquella niña bestia.
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